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jueves, 12 de enero de 2012

Patochada y las mañanas de Miriam (escritura automática introduciendo palabras)

Voy a decir la patochada que estaba pensando, para comenzar con algo divertido, Irune como mola se merece una ola.

Eran las 7 de la mañana cuando sonó el reloj de Miriam, era la hora de levantarse, era hora de ir al colegio, su mamá se acercó sigilosamente y subió la persiana mientras le susurraba que era la hora de levantarse. La niña se removió en la cama, dio media vuelta y continuó durmiendo, “Miriaaaaaam” se escucha decir a su madre desde la cocina, “me tengo que ir a clase de organización escolar, levántate por favor”. “Voy mamá”, la niña comenzó a destaparse y, ese fue el momento en el que notó el tremendo frío que hacía fuera de su cama. Al poner el pie en el suelo notó algo duro y rugoso como un escarabajo, ¿qué sería aquello que tenía Miriam bajo su pie? La duda no duró mucho tiempo en su cabeza pero fue necesario frotarse los ojillos con la mano izquierda, pues era zurda, para quitarse las legañas mañaneras y encontrar la bandera pirata de su hermano en el suelo. Se disponía a quitarla cuando le llovió un escobazo de su madre en toda la cabeza, con escobazo nos referimos a un pequeño golpe en su cabecita, que ella notó como si se le hubiese caído un ladrillo encima. “Mamá no me des golpes en la cabeza que tengo una competición de matemáticas hoy y no me van a salir las ideas”. 

lunes, 9 de enero de 2012

Mi última esperanza eres tú



El motivo de escoger este fragmento de la película de Hércules para hacer un comentario es simplemente que me gusta mucho la letra de la canción. Me veo, en gran medida reflejado en Hércules. Creo que soy un joven que quiere ser maestro, que tiene esa “ambición” y que, para ello está trabajando duro, para ser maestro de verdad, no únicamente para tener la carrera de maestro pues, muchísimas personas en España se gradúan año tras año y no son maestros, tienen el título pero no lo son de verdad. Del mismo modo Hércules era un joven que quería llegar a ser un héroe y para ello va a hablar con Fil para convencerlo de que merece la pena entrenarlo.

Me parece muy sugerente lo que dice Fil “yo ya no esperaba nadie con ambición”. Como estudiante de magisterio siempre es gratificante que haya personas que te digan que vales para la profesión, que se te da bien… es lo que todos, y yo personalmente, esperamos escuchar de nuestros formadores, de nuestros maestros pero, eso sí, solo espero escucharlo sí es la verdad. En varias ocasiones he argumentado que pienso que sí un formador percibe que una persona no sirve para ser maestro debería decírselo, de la misma manera yo agradecería mucho a mis profesores que me dijesen que no sirvo para la profesión si, realmente, así lo consideran. Considero que se ha perdido en gran medida la figura del maestro, y en este caso no me refiero al maestro de Educación Primaria, sino al maestro, a la persona que te guía en tu trabajo cuando estás empezando, que te aconseja y te forma en cierta medida a través de la práctica. En muchos trabajos manuales existía esa figura, y era una figura respetada y autorizada para aconsejarte, reprenderte si lo haces mal y guiarte hasta que adquieras la suficiente experiencia. A mi modo de ver, esa figura la tienen nuestros profesores en la universidad. Creo que es indispensable que, en todo momento tengamos muy presente cuál es nuestra meta, tanto profesores como alumnos, debemos saber perfectamente que la meta, el motivo por el que allí estamos es para formarnos como maestros y, sobre esa meta debe girar toda la labor docente, toda la actividad que en la universidad desempeñamos. En muchas asignaturas nos perdemos en el temario, perdemos precisamente ese objetivo último, el ser maestros, y es como un regreso al Bachillerato, donde se estudiaban las asignaturas sin ningún fin, simplemente por estudiarlas para el examen, no con un fin formativo, no para aprender más acerca de cada una de ellas. En la película de Hércules, tanto Fil como el propio Hércules tenían muy claro cuál era el fin de su labor, tenía muy claro por qué madrugaban cada mañana y se pegaban esos palizones entrenando, para conseguir que Hércules fuese un héroe verdadero. Lo mismo debemos tener nosotros siempre en cuenta, madrugamos, estudiamos, nos esforzamos, vamos a clase, hacemos trabajos…con el fin de llegar a ser buenos maestros, de ser maestros.

Pienso que cuando olvidamos el objetivo por el que estamos aquí cunde el desánimo, el hastío, el cansancio y la desmotivación. Si bien es cierto que otros traen estos sentimientos “de casa” porque no tienen vocación, están aquí, en un aula de Magisterio, como podrían estar en una de Empresariales, ADE o INEF.
            
Continuando con la canción del bueno de Fil nos encontramos con otro trozo que dice: “ser un héroe es un don”. Yo opino exactamente lo mismo acerca de ser maestro, en alguna reflexión he argumentado que “maestro se nace, no se hace” y lo creo firmemente. Muchas cosas pueden pulirse con buena voluntad y con actitud y ganas pero debe haber un don, debe haber unos mimbres a partir de los que construir. Una persona que no sea imaginativa, que no posea frescura, “chispa”, gracia, capacidad de expresión, creatividad… es difícil que pueda ser un buen maestro, no obstante, todas estas capacidades, teniendo un mínimo pueden paliarse con trabajo, trabajo y más trabajo. Con ganas de mejorar, de ser un buen maestro, de formarse, con interés y actitud. La persona que las posea tendrá que trabajarlas en menor medida, la que no las posea tanto deberá incidir más en ellas. Cuando estoy en clase miro a mi alrededor y veo muy buenas cualidades en la mayoría de mis compañeros, pienso que muchos llegarán a ser buenos maestros porque, precisamente observo en ellos esas habilidades y, los que quizá no las tienen tan “a flor de piel” o tan desarrolladas, se esfuerzan por mejorar en ellas.
            
Otro fragmento, en relación con lo apuntado en el párrafo anterior, es: “es más que la fuerza, es lo que te esfuerzas”, esta parte para mí es clave. Aunque poseas unas capacidades innatas muy buenas, siempre va a ser necesario que te esfuerces. El esfuerzo y la constancia es la base del éxito y esto, hoy en día, parece haber sido relegado a un segundo plano (siendo generoso), por no decir que ha desaparecido. El esfuerzo es básico, fundamental en cualquier tarea que desempeñemos en la vida. Si posees unas cualidades geniales y te esfuerzas por mejorarlas llegarás a ser un genio. Tener buenas aptitudes no te exime de tener que mostrar una buena actitud, porque si tienes buenas cualidades y además te esfuerzas conseguirás grandes cosas; si, por el contrario, tienes buenas cualidades y no haces nada, como mucho llegarás a ser un maestro mediocre.

Por otra parte, no podemos exigir esfuerzo a nuestros alumnos si no somos capaces de esforzarnos nosotros. No concibo cómo, personas que hacen lo mínimo imprescindible para aprobar en la carrera, van a exigir luego a sus alumnos que trabajen y se esfuercen. No cabe duda de que lo harán y eso es un acto de hipocresía y cinismo, todos los aquí presentes (que lleguemos a ser maestros) exigiremos a nuestros alumnos esfuerzo y trabajo, aunque sea solo por mantener nuestro puesto de trabajo, pero no por ello dejaré de pensar que, la persona que no ha sido capaz de esforzarse ella no tiene legitimidad ni autoridad moral para exigir a los niños que se esfuercen.
            
Me gustaría concluir con una frase de Fil: “tú harás que se ejerza tu don”, precisamente es esto de lo que hemos estado hablando anteriormente, es necesario que, además de poseer cualidades innatas, nos esforcemos, trabajemos por ser buenos maestros. No perdamos nunca de vista que vamos a trabajar con niños, con la parte más importante y delicada de la sociedad. Nuestros alumnos, algún día, nos agradecerán que nos hayamos esforzado por ser maestros de verdad. 

mis creaciones :)

Prosa.

Aquel no era un día cualquiera, doña Consolación se levantaba como cada día pero sabía perfectamente que día era, el viejo reloj despertador que lucía en su mesilla parecía susurrárselo al oído: Consolación…hoy es día 24 de diciembre… Eso llenaba de alegría a la anciana, porque estamos hablando de una persona de noventaidós años, ¡qué se dice pronto! Doña Consolación se levantó despacito de la cama, con cuidado para no hacerse daño, una vez que estaba de pie, comenzó a caminar lentamente, ella siempre decía que era para engrasar los huesos, no andaba desencaminada pues al cabo de pocos minutos ya podía moverse casi con la misma agilidad que una mujer de veinte años, o más.


Sacó la leche de su viejo frigorífico y la echó en el cazo para calentarla, no le gustaban los microondas porque decía que calentaban solo el recipiente. Después de desayunar, se vistió y salió a la calle, ¡era una fría mañana! Pero el sol comenzaba a calentar y, según las previsiones que iba haciendo en su cabeza, a “media mañana” haría una temperatura estupenda. Consolación no podía dejar de pensar en que, aquella noche, iría a cenar a casa de su hija, su yerno y sus nietos. Estaba deseando de que llegase el momento en el que sonase el timbre y ella contestase: “¿Quién es?”, aún sabiendo perfectamente quién era y su nieto respondiese con voz fuerte: “soy yo abuela, baja rápido que tengo el coche en doble fila”. La mujer fue a misa, pues era de misa diaria, y allí conversó un ratillo, por supuesto después de la misa, con sus amistades y el señor cura. Decir señor cura le hace mayor pues era un joven de unos, no llegaría a treinta años, al que todas las abuelas del barrio le tenían casi como un hijo, no había día que no le llevasen comida, fruta o alguna cosa que él agradecía tímidamente. Era una persona amable y cercana, tímida, pero de gran capacidad para atender a las personas mayores, habilidad necesaria para ser sacerdote en la actualidad. Pero bien, volvamos a nuestra señora Consolación, después de la misa, fue a dar su paseo porque no pensemos que con noventaidós años no caminaba la mujer, se daba su paseo de dos horitas, a paso lento, pero le valía para entretenerse y hablar con la gente en la calle, la anciana Consolación era una eminencia en el barrio, era conocida por todos pues, a todos había hecho favores en los años duros de después de la Guerra Civil. Ésta es una razón por la que era conocida, la otra y fundamental era porque había sido maestra en el colegio del barrio, cuántas personas de cuarenta y cincuenta años la paraban por la calle con esa pregunta de “¿Doña Consolación se acuerda usted de mí?”. A lo que la mujer, sin la menor doblez, contestaba unas veces sí y otras no. Cuando contestaba “no” añadía siempre la misma coletilla, educada y humilde a la vez, “lo siento hijo”. Y enseguida preguntaba: “pero dime ¿quién eres? Refréscame la memoria, ¿te di clase?”. Y así día tras día era saludada por más de veinte o treinta personas en su largo paseo si lo medimos en tiempo, corto si lo medimos en distancia. Llegó la hora de comer y la anciana Consolación comió y se “echó” su siesta, tasada como siempre, una hora, nunca más de eso. Al levantar de la siesta su reloj marcaba las cinco, su nieto quedó con ella en recogerla a las siete, por tanto, tenía aún dos horas para arreglarse, peinarse, coger su bastón de las grandes ocasiones y esperar sentada frente a la puerta a que el timbre 
sonase. Pensaréis que aburrida esta mujer, se sentaba ante la puerta y no ante la televisión, sí, así es, pero no os he dicho un detalle: se sentaba ante la puerta con la radio puesta, ¡cómo le gustaba escuchar la radio! Pues bien, eran las cinco cuando se levantó de la cama y fue hacia la cocina a merendar porque, las personas mayores también meriendan y ¡no cualquier cosa! Cogió la cafetera que su hija le regalo el año anterior por su noventa y un cumpleaños y se hizo su café, al que añadió un poquitín de leche. Ese rico “café cortado” lo acompañó con dos galletas sin azúcar, es que tenía el azúcar un poquitín alta pese a que era delgada como un saltamontes. Terminó de merendar y se fue a vestirse a su cuarto, bueno ella lo llamaría alcoba pero para que nos entendamos a su cuarto, una vez que se puso su traje de chaqueta de los domingos, sus pendientes de piedrecitas, como ella los llama, y el collar que le regaló su marido. Se peinó y maquilló un poquito y ya estaba lista para esperar al puntual de su nieto, que siempre llegaba cinco minutos antes de la hora que decía, no obstante eran las seis en punto, tenía una hora para escuchar su programa favorito en la radio Las tardes de Irune, en el que contaban bonitas historias folclóricas, o de toda la vida según la señora Consolación, que le recordaban a su etapa de maestra en el colegio “Enrique Jardiel Poncela”. Cuando más interesante estaba una de las historias en la radio y más concentrada estaba nuestra protagonista sonó el timbre, era su nieto seguro, eran las siete en punto, no podía ser otro, no obstante descolgó el telefonillo y dijo con voz enérgica y un acento andaluz difícilmente disimulable: “¿Quién es?”, a lo que una voz grave respondió: “Soy yo abuela, baja que tengo el coche mal aparcado”, una sonrisa se dibujó en la cara de doña Consolación…¡es Navidad!



Verso.
Educar es amar
Educar es compartir
Es escuela
Es convivencia
Es respeto
Educar es esperanza
Es dedicación
Es futuro
Educar es tolerancia
Es admiración
Es diversión
Es innovación
Es creación
Educar es crecer juntos
Es caminar unidos hacia un futuro mejor

Diálogo teatral.
Aparecen en la escena doña Emilia y Pedro, cada uno a un lado de la puerta. Doña Emilia es una señora mayor, de unos ochenta años que es la abuela de Pedro, un joven estudiante de magisterio.
Riiingggggg

Doña Emilia: “¿Quién eeeee?” (con un acento andaluz difícilmente disimulable).
Pedro: “Santa Lucíaaaa”
Doña Emilia: (hablando para sí) pero si Santa Lucía ya ha venido este mes…
Desde dentro de la casa suena la voz de don José, el marido de Doña Emilia y abuelo de Pedro.
Don José: “¿Quién eeeee?”
Doña Emilia: “Santa Lucía han dicho, ¡cállate!” (dirigiéndose a su marido).
Don José: “Pero cómo va a ser Santa Lucía si ya han venido este mes a pasar lo del seguro mujeeeeeer”
Doña Emilia: “Ave yo que sé” (contesta a su marido mientras abre la puerta)
Pedro: “¡Qué pasa abuelaaa! Siempre picas ¡eh! Anda que…”
Doña Emilia: “Me cachi en ti ¡eh!, con que Santa Lucía…” (dice doña Emilia a su nieto riéndose).
Pedro entra en la casa hasta llegar a su abuelo…
Don José: “Pero hombre niño, ¿cómo engañas así a la abuela?” (que se lo toma con humor aunque no tanto como su mujer)
Pedro: “Si es que abuelo siempre se lo cree”
Doña Emilia: “¡Cómo no me lo voy a creer! Si dicen Santa Lucía pues…Santa Lucía será…hombre a mí me extrañaba porque estuvieron aquí el otro día…”
Don José: “Y encima vienen cobrando más, que nos han subido ya la cuota de lo de los muertos a cuarenta y cinco euros mensuales”
Pedro: “A ver abuelo…está la vida muy mala”
Don José: “Sí que lo está sí, se está poniendo el muuuundooo, que yo menos mal que me voy a morir pronto, pero hay que tener mucho cuidado y muchas precauciones, te lo dice tu abuelo que tiene más experiencia”
Pedro: “Ya abuelo…es verdad”
Doña Emilia: “Voy a sacarte algo para tomar” (se va por el foro).
Don José: “Sí sácale lo que él quiera, si está casa ya sabes que es tuyaaa”
Pedro: “Ya ya lo sé abuelo…y bueno sabéis algo de Barcelona o del pueblo”
Don José: “Ave pues ná…que están bien y ya está”

Volviendo doña Emilia

Doña Emilia: “Esta mañana ha llamado la tía Rafaela y dice que están bien y del pueblo hace ya unos días que no sabemos ná…no sé si estarán bien o cómo estarán…a ver si llamó un día”
Don José: “No señora que llamen ellos que siempre llamamos nosotros, que ya está bien con tal de no gastar son capaces de no saber ná de nosotros en tol año”

Doña Emilia hace burlas a su marido.

Pedro: “Pues el otro día estuve hablando con el primo y dice que están bien y que hace mucho frío en el pueblo así que esta Navidad vamos a tener que abrigarnos”
Don José: “Nosotros no creo que vayamos niño porque ando pachucho de lo mío y no tengo muchas ganas de moverme la verdad…”
Doña Emilia: “Sí niño nosotros nos quedaremos aquí, vosotros ¿cuándo os vais?”
Pedro: “Pues nos iremos el treinta para pasar allí la Nochevieja y eso… de todos modos en Nochebuena ya sabéis que venís a casa”
Doña Emilia: “Sí, si Dios quiere y abuelo puede ir, iremos pallá”
Pedro: “No venimos nosotros a por vosotros, no os preocupéis que pasamos con el coche y así no tenéis que ir andando con el frío y demás”
Don José: “Eso me parece mejor” (riéndose)
Doña Emilia: “Oye niño y cómo van tus amigos del pueblo Eloy con el trabajo, Aitor, el Cano…”
Pedro: “¡Van bien abuela! Eloy sigue trabajando en lo suyo y le va bien, Aitor estudiando y el Cano ahí anda que le han llamado me dijo de una empresa de “La Lancha”, un pueblo que está yendo para Córdoba”
Doña Emilia: “Pues a ver si tuviera suerte…”
Don José: “Suerte no, trabajo. Hincar los codos y trabajar eso es lo que a mí me gusta y lo que vale”
Pedro: “Pues sí…bueno me voy a ir yendo que tengo que hacer cosillas por casa, llama esta noche para decir a ver que le da el azúcar al abuelo” (dirigiéndose a doña Emilia).
Doña Emilia: “Sí yo llamó no te preocupes”

Se levanta Pedro y da un beso a sus abuelos.

Don José: “Bueno niño sé bueno y ya sabes…el que algo quiere algo le cuesta”
Pedro: “Ya ya abuelo…”                              
Doña Emilia: “Bueno niño ten cuidaíto”
Pedro: “Sí abuela no te preocupes” (acercándose ya hacia la puerta seguido por Doña Emilia).

Se escucha a Don José desde dentro.

Don José: “Sobre todo con el cocheeeee”
Pedro: “Sí abuelo, adiós abuela”
Doña Emilia: “Adiós niño…jo parece que has daó otro estirazón, estás más alto”
Pedro: “No sé abuela” (contesta riendo)





Ayudar al niño a convertirse en lector

Este texto me ha dado muchas claves y ha respondido bastantes preguntas que tenía acerca de cómo podemos ayudar al niño y despertar en él el gusto por la lectura. Me ha gustado descubrir lo que podemos hacer pero, casi tanto, lo que no podemos hacer. Mi percepción del tema es que existe un excesivo agobio tanto por parte de padres como de profesores acerca de cómo hacer leer a los niños cuando, hay muchos condicionantes que no dependen de forma directa de nosotros, podemos incidir en ellos pero no seremos nunca determinantes.

Debemos tener en cuenta que hay personas que, como apunta de un modo acertadísimo el texto, tienen un temperamento que no ayuda demasiado a situarse ante un libro durante horas. Muchos niños que tenemos en las aulas no pueden estar ante un libro ni durante pocos minutos porque necesitan movimiento, necesitan actividad, y esto forma parte de su momento evolutivo. Los adultos parecemos obsesionados con que los niños lean, casi como si fuesen adultos, sin tener en cuenta que es complicado.

Por otro lado, hay personas adultas que tampoco les gusta leer, por eso mismo que hemos argumentado anteriormente del temperamento, porque no les gusta estar encerradas en casa leyendo. Es una cuestión de gustos, leer es una actividad que la realizas a modo de pasatiempo, para el tiempo de ocio. A ningún adulto se le obliga a leer, ¿por qué hacerlo con los niños? Es necesario enseñarles a leer y que lo sepan hacer de un modo comprensivo, pero seleccionar un libro nosotros para que lo lean ellos, de principio a fin y de modo obligatorio, eso no tiene ningún sentido. Para empezar, el adulto al que le gusta leer, selecciona el mismo la obra que desea, la termina si quiere y si le parece pesada o aburrida no, emplea el tiempo en leerlo que considera oportuno… en cambio los niños han de leer el libro que nosotros les damos, en el tiempo que nosotros le estipulamos y deben leerlo entero pero, no contentos con esto, les hacemos un examen para ver si se han enterado de la trama. Así, lo más normal es que no les guste leer, es que con estas condiciones a ningún adulto le gustaría leer tampoco, a nadie.

A mi modo de ver, proyectamos en los niños nuestros miedos o fobias. A muchos adultos tampoco les gusta leer e intentamos que ellos lean y producir en ellos, por todos los medios (casi siempre equivocados) el gusto por la lectura, y digo bien “producir”. La verdad es que el resultado es una repulsa tremenda hacia la lectura pero…¿por qué continuamos utilizando metodologías que han fracasado? ¿por qué no hacemos una profunda reflexión y cambiamos? O mejor ¿por qué no hacemos caso a esas personas que ya han hecho la reflexión por nosotros, que nos ofrecen otros métodos con los que seguramente nos irían mejor las cosas?
Volviendo al escaso gusto por la lectura de algunos adultos, debemos apuntar que también se debe a que, algunas personas, son tremendamente pragmáticas, únicamente leen lo que consideran necesario, nunca verán más allá de lo que significa la palabra de modo objetivo y nunca leerán un texto por placer, simplemente por diversión.
            
Me parece muy apropiada la comparación que realiza nuestra autora en relación a que, dar un libro de ciento cincuenta páginas a un niño es como proporcionar un chuletón a un bebé. Me parece fantástica la comparación porque produce el mismo efecto. La lectura ha de ser una tarea progresiva y debe aumentarse el tamaño del libro conforme el niño vaya adquiriendo mayor habilidad y su interés vaya creciendo en relación con la lectura, pero debe ser él quien dé ese paso de querer leer más. Lo mismo sucede con una persona que comienza a practicar deporte, en un primer momento has de empezar haciendo diez minutos de bicicleta y, poco a poco, podrás ir aumentando el tiempo. Si ese aumento lo haces al segundo día, pasas de hacer diez minutos a cincuenta, seguramente tendrás unas agujetas tremendas y no volverás a subirte a una bici. Lo mismo sucede con la lectura, conforme aumente el interés el mismo niño querrá leer más libros y de mayor tamaño, lo que no es de recibo es que ese aumento lo forcemos nosotros y no sea progresivo. No hablamos tanto de fomentar la autonomía en los niños ¿por qué tomamos decisiones tan importantes como éstas nosotros, en lugar de dejar que sean ellos quienes decidan si quieren o no leer, o si quieren leer libros más o menos extensos?
            
La comparación del guía y el escalador me ha resultado de gran ayuda en cuanto a clarificar mi labor como maestro en relación con la lectura. Muchas veces he argumentado que, el maestro, debe fomentar en el niño el gusto por la lectura pero, eso según esta explicación no es así. Nosotros somos guías para ellos pero, el gusto por la lectura ha de partir de ellos, es intrínseco no extrínseco. No obstante, y estando de acuerdo con esto, si que pienso que nosotros tenemos bastante que ver en el gusto o no de nuestros alumnos por la lectura. Una vez más diré que el maestro es el espejo en el que los niños se van a mirar, nosotros somos el espejo donde los niños se miran, y esto supone una gran responsabilidad. Si nosotros no tenemos un libro encima de la mesa, no leemos, los niños lo notan, no sé por qué razón, pero se nota. Yo he tenido muchos maestros, y sabías quiénes leían, y quiénes te mandaban libros que ni tan siquiera había ojeado. Sabías perfectamente quiénes eran lectores y quiénes te decían que había que leer pero no eran capaces ni leerse el libro de treinta páginas que nos mandaban a nosotros. Nuestra actitud creo que condiciona, quizá no mucho pero sí algo, el gusto de los niños por la lectura, al igual que el gusto por las matemáticas, la educación física, la música… si tú no amas lo que enseñas, no lo vives, eres un hipócrita porque les exiges cosas que tú no eres capaz de hacer, eso los niños lo notan y, de la misma forma ellos no amarán lo que les enseñas. Serás un mal maestro o, mejor dicho, no serás un maestro.

Precisamente la labor del maestro es la que nuestra autora expresa, guiar en el camino a los alumnos entre “la selva de los libros” hacia sus gustos. Los niños deben probar y llegar a descubrir qué tipo de libros les interesa y les gusta realmente. Nadie en el mundo lee de todo, todos poseemos preferencias, igual los niños. ¿Por qué razón ellos han de leer algo que no les gusta?, ¿por qué han de leer todos lo mismo? Pidiendo perdón de antemano por mi inmodestia, yo sí sé por qué, porque es mucho más fácil para el maestro tener estandarizados a los alumnos, que todos lean lo mismo y poder hacer las mismas actividades para todos. No dejemos de lado otro condicionante, cada vez los maestros leen menos, mandando un solo libro tendrán que leer (dependiendo de 
la profesionalidad de cada uno lo harán o ni tan siquiera) solo ese. En cambio, si dejas elegir a tus alumnos deberás leerte, seguro, más de uno.
            
La lectura de un libro necesita, entre otros ingredientes, paciencia. La televisión a maleducado a los niños en esta, podríamos llamarla, virtud. La tele es inmediatez, un libro no, éste último puede comenzar con largas descripciones de los personajes, sin meternos en la historia hasta llevar leídas algunas páginas. Una persona acostumbrada a leer no lo acusa, un niño sí. Aquí aparece de nuevo la labor del profesor, que debe ser conocedor del libro y debería seguir la lectura de sus alumnos. Quizá sería positivo, en ciertos escenarios, saltar páginas (uno de los derechos del lector), o proceder a una lectura en clase por parte del maestro de las partes más arduas del libro… hay infinidad de soluciones, desde luego la solución no es dejar que nuestros alumnos se den de bruces con un muro mientras nosotros miramos con pasividad, ya no porque se den ahora, si no porque quién sabe si no se desanimarán y darán media vuelta. Me refiero a que, ante una mala experiencia con la lectura los niños pueden desanimarse por lo tanto, no debemos dejarlos solos ante ella, antes de mandar leer un libro debemos haber hecho un trabajo nosotros de “estudio” del libro, de estudio de los momentos más pesados del mismo, de los momentos más del gusto de nuestros alumnos… y, en función de eso, organizar la lectura del mismo. En esto consiste ser maestro.
            
En el texto se proponen claves también para la creación de literatura infantil, claves que un maestro debe conocer de cara a recomendar libros a sus alumnos. Que es necesario que los niños se identifiquen con el protagonista es sabido, pero es importante recordar que ese protagonista debe ser alguien que merezca identificarse con él, debe ser un héroe, alguien que realice cosas admirables.

No obstante me sorprendió la importancia de hacer surgir emociones en los lectores. Es algo que sabía pero nunca he sido consciente de la importancia que puede llegar a tener, realmente ese es el “enganche” de los libros, al igual que lo hace con los adultos. Cuantos libros de literatura infantil nos encontramos con historias tan insignificantes como absurdas, luego nos sorprendemos de que los niños no leen pero ¿somos conscientes de la “basura”, y perdón por la expresión, que muchas veces les damos para que lean? No obstante, sí que es cierto que hay otros libros de literatura infantil más que meritorios y tremendamente bien hechos e interesantes, no solo para niños, sino también para adultos. El problema es los maestros no leen los suficientes libros de literatura infantil, no están al tanto de las novedades y de los libros maravillosos que hay a nuestra disposición pero son poco conocidos. Como resultado de esto tenemos que, en los colegios, termina por mandarse como libro de lectura el que nos ha dado la editorial.
            
Para finalizar esta reflexión quisiera hacer alusión a las ilustraciones. Nunca he comprendido algo que en el fragmento se cita, ¿por qué las ilustraciones de lo que sucede en la página siete las encontramos en la veinte? Esto sucede en la mayoría de los libros de literatura infantil, siempre me lo he preguntado y es que no encuentro una razón coherente. He llegado hasta el punto de pensar que adelantar lo que va a suceder, es decir, poner una ilustración en la página siete de algo que sucederá en la diez, tiene algo de lógica (pese a que me parece mal y lo considero una chapuza) porque puede tener la finalidad de “enganchar” al lector, de que el lector continúe leyendo, pero al contrario ¿para qué? Continuaré investigando a ver si encuentro alguna razón coherente.  

Oda al potro

Un potro es
Un fiel compañero
Un amigo del alma
Un vago irremediable
Un equino perfecto
Un animal con cascos
Un ser con dentadura perfecta
Con columnas por patas
Con una cuadra por casa
Con trabajo fijo en el hipódromo
Un animal que ha perdido los estribos
Ligerito de cascos
Que en situaciones difíciles coge las riendas
Un potro es un amigo para siempre

Modelos de infancia

Al leer este texto he tomado conciencia de la capacidad que posee la literatura de plasmar el momento histórico y social y, de cómo ésta varía conforme va cambiando la sociedad, el modelo social. Por ello me parece de vital importancia que un maestro conozca las diferentes épocas históricas de la literatura, cómo se escribía en los diferentes momentos históricos porque, de este modo, conoceremos mucho más a fondo el momento histórico en cuestión.

Decir que un maestro debe ser una persona medianamente culta y que debe leer puede parecer una obviedad pero, lamentablemente, cada día los maestros leen menos. ¿Con qué autoridad moral vamos a exigir a nuestros niños que lean si nosotros no lo hacemos? Pero más allá de esto, debemos leer porque es la manera de aprender y de adquirir cultura. Opino que un maestro no debe ser, ni será un especialista en literatura infantil, en biología, en matemáticas, o en filología inglesa pero, sí que creo que el maestro es aquella persona que tiene un nivel aceptable de cada una de estas cosas. El maestro debe saber, conocer de todos los campos, dado que, por definición, es “maestro” de Educación Primaria, está capacitado para enseñar todas las asignaturas. De acuerdo que, para ello, no es necesario que sea experto en todas pero sí que posea un nivel aceptable en todas y cada una. El maestro debe saber de todo, no mucho, pero sí lo suficiente.
            
Volviendo al texto, la pregunta que, como maestro, debería hacerme y me hago es: ¿Ante qué tipo de niño nos encontramos en la actualidad en la literatura? Pero, incluso más allá de la literatura, sería necesario conocer ante qué tipo de niño nos encontramos en las aulas. Esto es fundamental si queremos tener éxito como maestros, si queremos llegar a los niños y que éstos aprendan. A mi modo de ver nos encontramos en las aulas españolas de Educación Primaria con una gran variedad de perfiles, es difícil generalizar pero creo que podemos dar algunas pinceladas que son, más o menos, iguales en todos los casos. Podríamos comenzar diciendo que son niños que manejan las nuevas tecnologías, que las conocen bien, por tanto, debemos introducirlas en el aula para captar su atención y conseguir que estén motivados en la tarea. En general, son chavales que les gusta aprender, muchas veces decimos que no tienen interés en aprender, que “pasan” de todo, claro y cómo no lo van a hacer si basta con entrar a ciertas aulas de Educación Primaria y, lo más flagrante, hasta de Educación Infantil y parece que te has confundido y has entrado en un aula universitaria, todos sentados, inmóviles como muebles, “tronchados” hacia sus libros, quizá la palabra adecuada sería “postrados” o, simplemente, inclinados encima de libros de texto tediosos e “infumables”, eso sí, perfectamente cubiertos con una coraza de dibujitos que los hacen parecer entretenidos y motivadores. Es imposible que los niños muestren interés por un aprendizaje así, por un aprendizaje que choca frontalmente con su naturaleza, con su momento evolutivo. Es imposible que los niños de Educación Infantil y, al menos, primer y segundo ciclo de Primaria, aprendan sentados, sin movimiento. El movimiento es básico en este momento evolutivo, deben aprender moviéndose y, progresivamente, conforme van necesitando menos, vamos pasando de un mayor movimiento a más momentos de estar sentados, pero progresivamente y a lo largo de la Educación Primaria. No es serio tener a niños de tres años sentados como universitarios de veinte, porque no es natural, no se corresponde a su momento evolutivo. Y digo tres años como podría decir seis, siete u ocho.

Escribiendo este párrafo he caído en la cuenta de la gran epidemia del siglo XXI, la obesidad infantil, cómo no van a estar obesos los niños si los sentamos seis horas en el colegio, como si fuesen muebles. Si salen al recreo desesperados, como posesos, cómo no van a salir como posesos si estás haciendo justo lo contrario a lo que debes hacer con niños tan pequeños, si tienes “estabulados” o “encarcelados” a los niños, quietos, inmóviles durante horas, cómo no van salir de las aulas corriéndose y hasta llevándose al maestro por delante aunque, pensándolo bien, ojalá se llevasen por delante a maestros así (siempre en sentido figurado, “llevar en volandas” fuera de la escuela y que nunca vuelvan a pisarla).

El nonsense

El tema que se aborda en el fragmento me parece muy clarificador y de gran importancia que lo tengamos en cuenta. Hay muchas cosas en la realidad que no pueden explicarse que, hoy día al menos, no tienen explicación. A veces en la sociedad intentamos dar explicación a todo lo que sucede cuando, comenzando por los comportamientos humanos, muchísimas cosas no tienen explicación. Ser conscientes de esto y aceptarlo es, a mi modo de ver, una buena fórmula de quitarnos presión, de vivir con mayor tranquilidad sabiendo que hay cosas inexplicables.

En relación con este primer párrafo quiero añadir un aspecto que tengo muy claro y me parece indispensable que un maestro sea consciente de ello. El maestro no lo sabe todo. Es frecuente que los niños “bombardeen” con preguntas a sus maestros y, éstos, llegado el caso de no saber contestar alguna, que es lo normal, deberían decir que no lo saben y que lo buscarán. En cambio, pese a lo sencillo que puede resultar hacer esto, hay profesores que optan por responder a sus alumnos cualquier cosa, aunque para nada están seguros de que eso sea así, simplemente lo hacen para demostrar a sus alumnos que todo lo sabe, que tiene infinitamente mayor conocimiento que ellos.

Otros maestros no lo hacen con esta finalidad sino que no conciben defraudar a sus alumnos, lo cual está muy bien, pero para ello no podemos responder a una pregunta sin estar seguros de que esa es la respuesta, no podemos correr el riesgo de confundir a nuestros alumnos. Creo que, desde el primer día, los niños deben saber que el maestro no lo sabe todo, que sabe muchas cosas, pero otras no y tendrá que buscarlas y nos la explicará más tarde o al día siguiente pero, para convencer a los niños de esto, primero debe estar convencido el propio maestro de sus limitaciones y, por supuesto, de la existencia de un nonsense, de cosas que hoy día no se saben.
            
En relación a la fantasía en las historias como “Mary Poppins”, “Alicia en el país de las Maravillas”, “El gato con botas”… opino que es preciosa y que debemos conservar por todos los medios, a través de la narración a los más pequeños de estos textos o de la creación de textos fantásticos similares. Los niños poseen una capacidad de imaginación y de crear o visualizar en su mente una serie de cosas que no existen que, a un adulto, le resulta imposible, esto quizá ha sucedido hasta ahora, en la actualidad estamos “liquidando” esa enorme imaginación, esa fuente de creación de cosas nuevas que nunca antes han existido. Este proceso de liquidación de la imaginación, del pensamiento infantil y, por tanto, de la propia infancia, lo estamos llevando a cabo a través de la masificación y el abuso de la televisión, los videojuegos y demás elementos tecnológicos que dan todo hecho al cerebro del niño. Existen numerosos estudios que demuestran que, mientras un niño está viendo la televisión, en su cerebro no se está produciendo prácticamente ninguna actividad. La razón es simple, cuando un niño lee un libro o lo escucha de otros, su cerebro continuamente está realizando construcciones de aquello que está leyendo, está intentando construir, a partir de esas palabras, una realidad, y esto produce una gran actividad cerebral. En cambio, cuando un niño está viendo la televisión, las imágenes aparecen en ella, él no debe construir ninguna imagen, ni imaginar ninguna situación, todo aparece allí. Puede hacerle gracia ver cómo Mary Poppins moviendo la nariz guarda toda la ropa en los cajones pero, sería mucho más productivo si el niño escuchase esa escena y tuviese que imaginarla.
            
Pienso que, si continuamos lastrando la imaginación en los más pequeños, ese nonsense terminará siendo mucho mayor de lo que es en la actualidad. A mi modo de ver, estamos en la sociedad del mínimo esfuerzo, del “ir a lo fácil”, de no pasar de lo establecido, de no innovar, de quedarnos estancados y aburguesados en lo que sabemos hasta ahora y, más mal que bien, nos funciona. Pero no podemos continuar así, se me antoja clave e imprescindible que hagamos pensar y reflexionar a los niños desde pequeños, que fomentemos su imaginación y la reflexión sobre todo lo que le rodea. Cuando un niño tiene dos o tres años es el momento de hacer hincapié en ello, no podemos esperar a que pierda esa capacidad de imaginación, esa frescura y brillantez propia de la infancia porque, si esperamos hasta entonces, ni las ideas serán tan buenas (dado que hay un mayor conocimiento y arraigo a lo que existe) ni tendrán tanta capacidad para llevarlas a cabo. Me da mucha pena observar a mi alrededor y ver a niños desmotivados, infelices, que no se conforman con los regalos que reciben en “Reyes” o cumpleaños, que siempre quieren más, que no son capaces de fabricarse un juguete o jugar con cualquier cosa que no sea oficialmente lo que denominamos “juguete”. La verdad que, en esta sociedad de la abundancia y el consumismo, estamos creando las personas más infelices que jamás han existido, las más desmotivadas y vacías mentalmente. Dentro de esta situación hay de todo pero considero que en general sucede esto y, la pregunta que me hago es ¿por qué no comenzar ya a cambiar las cosas desde la escuela? ¿por qué no empezar a educar a padres y niños? Sí, a los padres también, porque los niños pequeños son, en gran medida, lo que los padres han hecho de ellos o quieren que sea. Un niño ve la televisión las horas que los padres le dejan, un niño lee más o menos dependiendo de la motivación por parte de sus padres y de si estos, a su vez, les proporcionan buenas lecturas en lugar de la Wii, la Play Station 3, un ordenador, una televisión para el cuarto (todo esto a niños de ocho años), un móvil… Algo de lo que no me cabe duda es de que, si queremos continuar avanzando, siendo conscientes de nuestras limitaciones y de la existencia de ese nonsense, debe producirse un cambio social que se debe basar, a mi modo de ver, en un aumento de la creatividad en la escuela y en un fomento mayor de la imaginación desde Educación Infantil.


En ocasiones se argumenta que, dentro de esta “crisis económica” o lo que sea esto, durante muchos años no se crean empresas, no hay ideas nuevas en el campo de la innovación… podríamos encontrar los motivos de esto en no trabajarse la creatividad, la imaginación y la motivación en la escuela. A menudo observamos a personas que, su único objetivo en la vida es aprobar una oposición y “a vivir”, tener un sueldo para toda la vida, poderme permitir el lujo de no trabajar del todo bien y que no me “echen”… tampoco me gustaría, ni es mi intención, ser injusto por ello añadiré que, en España, no se fomenta para nada la creación de nuevas empresas, es más, se ponen todas las trabas posibles y se dificulta muchísimo llevar a cabo esta tarea. Pero no tenemos la base imaginativa, de creación que existe en otros países del mundo y esto es responsabilidad de la escuela, cambiar esta situación está en manos de ésta.  



A modo de conclusión me gustaría hacer alusión a algo que he escrito anteriormente y que, considero que es necesario aplicarlo también a los maestros. He argumentado que no podemos esperar a que el niño pierda esa capacidad de imaginación, frescura y brillantez propia de la infancia para trabajar con ellos estas habilidades. Pues bien, esas tres características deben estar en todo maestro. Toda persona que pretenda dedicarse a la educación de los más pequeños, en mi opinión, debe poseer imaginación, frescura y brillantez, debe ser un poco niño, un poco Peter Pan, sin dejar de ser el maestro, que por definición es una persona adulta. Creo que, perfectamente un adulto, un maestro, puede a su vez ser un poco niño, poseer imaginación para la creación de actividades dinámicas, significativas y positivas para sus alumnos; y frescura y brillantez para ejecutarlas en el aula. Es más, no creo que “pueda” hacerlo, creo que “debe” poseer estas características. Si de verdad queremos ser maestros, buenos maestros deberemos cultivar estas habilidades en nosotros si no las tenemos. Si las poseemos, ¡estupendo! Y si, ni las poseemos ni tenemos la más mínima intención, simplemente deseamos aprobar una oposición o entrar en un colegio privado y desempeñar un trabajo como otro cualquiera, creo que lo mejor que podemos hacer es dedicarnos a otra cosa.