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lunes, 9 de enero de 2012

Ayudar al niño a convertirse en lector

Este texto me ha dado muchas claves y ha respondido bastantes preguntas que tenía acerca de cómo podemos ayudar al niño y despertar en él el gusto por la lectura. Me ha gustado descubrir lo que podemos hacer pero, casi tanto, lo que no podemos hacer. Mi percepción del tema es que existe un excesivo agobio tanto por parte de padres como de profesores acerca de cómo hacer leer a los niños cuando, hay muchos condicionantes que no dependen de forma directa de nosotros, podemos incidir en ellos pero no seremos nunca determinantes.

Debemos tener en cuenta que hay personas que, como apunta de un modo acertadísimo el texto, tienen un temperamento que no ayuda demasiado a situarse ante un libro durante horas. Muchos niños que tenemos en las aulas no pueden estar ante un libro ni durante pocos minutos porque necesitan movimiento, necesitan actividad, y esto forma parte de su momento evolutivo. Los adultos parecemos obsesionados con que los niños lean, casi como si fuesen adultos, sin tener en cuenta que es complicado.

Por otro lado, hay personas adultas que tampoco les gusta leer, por eso mismo que hemos argumentado anteriormente del temperamento, porque no les gusta estar encerradas en casa leyendo. Es una cuestión de gustos, leer es una actividad que la realizas a modo de pasatiempo, para el tiempo de ocio. A ningún adulto se le obliga a leer, ¿por qué hacerlo con los niños? Es necesario enseñarles a leer y que lo sepan hacer de un modo comprensivo, pero seleccionar un libro nosotros para que lo lean ellos, de principio a fin y de modo obligatorio, eso no tiene ningún sentido. Para empezar, el adulto al que le gusta leer, selecciona el mismo la obra que desea, la termina si quiere y si le parece pesada o aburrida no, emplea el tiempo en leerlo que considera oportuno… en cambio los niños han de leer el libro que nosotros les damos, en el tiempo que nosotros le estipulamos y deben leerlo entero pero, no contentos con esto, les hacemos un examen para ver si se han enterado de la trama. Así, lo más normal es que no les guste leer, es que con estas condiciones a ningún adulto le gustaría leer tampoco, a nadie.

A mi modo de ver, proyectamos en los niños nuestros miedos o fobias. A muchos adultos tampoco les gusta leer e intentamos que ellos lean y producir en ellos, por todos los medios (casi siempre equivocados) el gusto por la lectura, y digo bien “producir”. La verdad es que el resultado es una repulsa tremenda hacia la lectura pero…¿por qué continuamos utilizando metodologías que han fracasado? ¿por qué no hacemos una profunda reflexión y cambiamos? O mejor ¿por qué no hacemos caso a esas personas que ya han hecho la reflexión por nosotros, que nos ofrecen otros métodos con los que seguramente nos irían mejor las cosas?
Volviendo al escaso gusto por la lectura de algunos adultos, debemos apuntar que también se debe a que, algunas personas, son tremendamente pragmáticas, únicamente leen lo que consideran necesario, nunca verán más allá de lo que significa la palabra de modo objetivo y nunca leerán un texto por placer, simplemente por diversión.
            
Me parece muy apropiada la comparación que realiza nuestra autora en relación a que, dar un libro de ciento cincuenta páginas a un niño es como proporcionar un chuletón a un bebé. Me parece fantástica la comparación porque produce el mismo efecto. La lectura ha de ser una tarea progresiva y debe aumentarse el tamaño del libro conforme el niño vaya adquiriendo mayor habilidad y su interés vaya creciendo en relación con la lectura, pero debe ser él quien dé ese paso de querer leer más. Lo mismo sucede con una persona que comienza a practicar deporte, en un primer momento has de empezar haciendo diez minutos de bicicleta y, poco a poco, podrás ir aumentando el tiempo. Si ese aumento lo haces al segundo día, pasas de hacer diez minutos a cincuenta, seguramente tendrás unas agujetas tremendas y no volverás a subirte a una bici. Lo mismo sucede con la lectura, conforme aumente el interés el mismo niño querrá leer más libros y de mayor tamaño, lo que no es de recibo es que ese aumento lo forcemos nosotros y no sea progresivo. No hablamos tanto de fomentar la autonomía en los niños ¿por qué tomamos decisiones tan importantes como éstas nosotros, en lugar de dejar que sean ellos quienes decidan si quieren o no leer, o si quieren leer libros más o menos extensos?
            
La comparación del guía y el escalador me ha resultado de gran ayuda en cuanto a clarificar mi labor como maestro en relación con la lectura. Muchas veces he argumentado que, el maestro, debe fomentar en el niño el gusto por la lectura pero, eso según esta explicación no es así. Nosotros somos guías para ellos pero, el gusto por la lectura ha de partir de ellos, es intrínseco no extrínseco. No obstante, y estando de acuerdo con esto, si que pienso que nosotros tenemos bastante que ver en el gusto o no de nuestros alumnos por la lectura. Una vez más diré que el maestro es el espejo en el que los niños se van a mirar, nosotros somos el espejo donde los niños se miran, y esto supone una gran responsabilidad. Si nosotros no tenemos un libro encima de la mesa, no leemos, los niños lo notan, no sé por qué razón, pero se nota. Yo he tenido muchos maestros, y sabías quiénes leían, y quiénes te mandaban libros que ni tan siquiera había ojeado. Sabías perfectamente quiénes eran lectores y quiénes te decían que había que leer pero no eran capaces ni leerse el libro de treinta páginas que nos mandaban a nosotros. Nuestra actitud creo que condiciona, quizá no mucho pero sí algo, el gusto de los niños por la lectura, al igual que el gusto por las matemáticas, la educación física, la música… si tú no amas lo que enseñas, no lo vives, eres un hipócrita porque les exiges cosas que tú no eres capaz de hacer, eso los niños lo notan y, de la misma forma ellos no amarán lo que les enseñas. Serás un mal maestro o, mejor dicho, no serás un maestro.

Precisamente la labor del maestro es la que nuestra autora expresa, guiar en el camino a los alumnos entre “la selva de los libros” hacia sus gustos. Los niños deben probar y llegar a descubrir qué tipo de libros les interesa y les gusta realmente. Nadie en el mundo lee de todo, todos poseemos preferencias, igual los niños. ¿Por qué razón ellos han de leer algo que no les gusta?, ¿por qué han de leer todos lo mismo? Pidiendo perdón de antemano por mi inmodestia, yo sí sé por qué, porque es mucho más fácil para el maestro tener estandarizados a los alumnos, que todos lean lo mismo y poder hacer las mismas actividades para todos. No dejemos de lado otro condicionante, cada vez los maestros leen menos, mandando un solo libro tendrán que leer (dependiendo de 
la profesionalidad de cada uno lo harán o ni tan siquiera) solo ese. En cambio, si dejas elegir a tus alumnos deberás leerte, seguro, más de uno.
            
La lectura de un libro necesita, entre otros ingredientes, paciencia. La televisión a maleducado a los niños en esta, podríamos llamarla, virtud. La tele es inmediatez, un libro no, éste último puede comenzar con largas descripciones de los personajes, sin meternos en la historia hasta llevar leídas algunas páginas. Una persona acostumbrada a leer no lo acusa, un niño sí. Aquí aparece de nuevo la labor del profesor, que debe ser conocedor del libro y debería seguir la lectura de sus alumnos. Quizá sería positivo, en ciertos escenarios, saltar páginas (uno de los derechos del lector), o proceder a una lectura en clase por parte del maestro de las partes más arduas del libro… hay infinidad de soluciones, desde luego la solución no es dejar que nuestros alumnos se den de bruces con un muro mientras nosotros miramos con pasividad, ya no porque se den ahora, si no porque quién sabe si no se desanimarán y darán media vuelta. Me refiero a que, ante una mala experiencia con la lectura los niños pueden desanimarse por lo tanto, no debemos dejarlos solos ante ella, antes de mandar leer un libro debemos haber hecho un trabajo nosotros de “estudio” del libro, de estudio de los momentos más pesados del mismo, de los momentos más del gusto de nuestros alumnos… y, en función de eso, organizar la lectura del mismo. En esto consiste ser maestro.
            
En el texto se proponen claves también para la creación de literatura infantil, claves que un maestro debe conocer de cara a recomendar libros a sus alumnos. Que es necesario que los niños se identifiquen con el protagonista es sabido, pero es importante recordar que ese protagonista debe ser alguien que merezca identificarse con él, debe ser un héroe, alguien que realice cosas admirables.

No obstante me sorprendió la importancia de hacer surgir emociones en los lectores. Es algo que sabía pero nunca he sido consciente de la importancia que puede llegar a tener, realmente ese es el “enganche” de los libros, al igual que lo hace con los adultos. Cuantos libros de literatura infantil nos encontramos con historias tan insignificantes como absurdas, luego nos sorprendemos de que los niños no leen pero ¿somos conscientes de la “basura”, y perdón por la expresión, que muchas veces les damos para que lean? No obstante, sí que es cierto que hay otros libros de literatura infantil más que meritorios y tremendamente bien hechos e interesantes, no solo para niños, sino también para adultos. El problema es los maestros no leen los suficientes libros de literatura infantil, no están al tanto de las novedades y de los libros maravillosos que hay a nuestra disposición pero son poco conocidos. Como resultado de esto tenemos que, en los colegios, termina por mandarse como libro de lectura el que nos ha dado la editorial.
            
Para finalizar esta reflexión quisiera hacer alusión a las ilustraciones. Nunca he comprendido algo que en el fragmento se cita, ¿por qué las ilustraciones de lo que sucede en la página siete las encontramos en la veinte? Esto sucede en la mayoría de los libros de literatura infantil, siempre me lo he preguntado y es que no encuentro una razón coherente. He llegado hasta el punto de pensar que adelantar lo que va a suceder, es decir, poner una ilustración en la página siete de algo que sucederá en la diez, tiene algo de lógica (pese a que me parece mal y lo considero una chapuza) porque puede tener la finalidad de “enganchar” al lector, de que el lector continúe leyendo, pero al contrario ¿para qué? Continuaré investigando a ver si encuentro alguna razón coherente.  

1 comentario:

  1. Suele ser, simplemente, por motivos de maquetación editorial. Tan triste como eso...

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