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domingo, 8 de enero de 2012

El nacimiento del lector por Francesco Tonucci

Parece, hoy más que nunca, necesaria una profunda reflexión guiada por la pregunta que propone el texto “¿en qué falla la escuela?”. Cómo es posible que, en la época en la que más medios tenemos a nuestro alcance, al servicio de la educación, no seamos capaces de cumplir nuestros objetivos, contando como uno de ellos que los niños adquieran en el colegio el gusto por la lectura y ciertas destrezas y habilidades lectoras. Me parece muy acertada la reflexión y descripción del problema que realiza el autor, “¿por qué deberían leer los niños?” sí, prácticamente con todo lo que les proponemos en el aula lo que provocamos en ellos es la repulsa hacia todo lo que sea lectura. Por qué motivo nos “rompemos la cabeza” en hacer fichas, exámenes, pruebas, evaluaciones de la comprensión lectora… si lo que simplemente pretendemos es que los niños lean un texto y lo comprendan, pero la manera de evaluar o comprobar si comprender la lectura no debe ser someterlos a un examen, que rellenen una ficha u obligarles a leer en voz alta (práctica muy habitual en las aulas y que, para nada, favorece la comprensión lectora). Por qué, como argumenta Tonucci, no dejamos a nuestros alumnos elegir el libro que desean leer, al igual que hacen los adultos; ir al ritmo que más les convenga, como hacen los adultos; terminar un libro y no ser sometidos a pruebas o exámenes, al igual que un adulto que lee un libro de, por ejemplo, el reciente Premio Nobel de Literatura Vargas Llosa y no es sometido a examen para comprobar si se ha enterado de la obra. Es paradójico comprobar cómo intentamos continuamente “hacer adultos”, que los niños sean adultos en potencia y, en cambio, llevamos a cabo modos de trabajar la lectura que, en nada, se parecen a los de los adultos. Es lamentable, muy triste, comprobar cómo con nuestras metodologías en relación a la lectura conseguimos que los niños sientan repulsa por ella, cuando nuestro objetivo es, o debería ser, presentar la lectura como un elemento de ocio y disfrute.
           
Un error más que arraigado en nuestra escuela es la confusión que existe acerca de qué es leer, en qué consiste leer. Los maestros de Primaria suelen decir a los profesores de Secundaria que sus alumnos saben leer muy bien. Del mismo modo, los profesores de ESO argumentan que sus alumnos para nada saben leer, ¿Cuál es el problema? ¿Quién miente? Pues la realidad es que ninguna de las dos partes miente, ambos dicen la verdad, el problema reside en que están refiriéndose a la lectura desde dos puntos de vista distintos. El maestro de Primaria se refiere a la lectura como un simple “desciframiento”, como descifrar un texto. En cambio, el profesor de Secundaria se refiere a la lectura desde el punto de vista de la comprensión lectora.

La triste realidad es que los niños en Primaria aprenden a descifrar, no a leer, porque leer es comprender lo que dice un texto. Descifrar no sirve para nada si no eres capaz de descifrar qué dice o argumenta el texto. Una de las mayores causas de fracaso escolar la encontramos en la lectura. Los niños llegan a la ESO sabiendo descifrar pero, tras la lectura de un texto, no son capaces de extraer el contenido de un texto, dicho de otra manera, leen un texto y no saben bien de qué va, necesitan leerlo varias veces. Esta situación dificulta en gran medida el aprendizaje en esta etapa y, desgraciadamente, muchos niños encuentran aquí su “caballo de batalla” y la causa de su fracaso escolar. 

El problema anteriormente expuesto, a mi modo de ver, tiene una gran relación con un hecho que es cada día más habitual entre los maestros de Educación Primaria, a éste colectivo, cada vez más, no les gusta leer. Es muy difícil, por no decir imposible, despertar en tus alumnos el gusto por algo que a ti no te gusta, no se puede dar lo que uno no tiene y, si a un maestro no le gusta leer ¿de qué manera puede despertar ese gusto en los niños?

Siempre he pensado que en nuestra profesión tiene una enorme importancia lo actitudinal, las actitudes son fundamentales y en ellas debemos trabajar. Pienso que, si una persona está estudiando magisterio y no le gusta leer, debería empezar a buscar la manera de que le guste, dejándose aconsejar por otras personas en cuanto a lecturas o recursos para despertar ese gusto en uno mismo pero creo que es fundamental. Nosotros no vamos a trabajar en una fábrica o delante de un ordenador, vamos a trabajar con personas, pero no solo eso, sino que vamos a hacerlo con las personas más importantes no únicamente de nuestra sociedad actual sino también de nuestra sociedad futura, los niños. Si queremos transmitir algo a nuestros alumnos, si queremos enseñarles algo acerca de las asignaturas que trabajamos, deberemos antes amar aquello que debemos enseñar. No podemos ser hipócritas, exigir a nuestros alumnos cosas que nosotros no somos capaces de hacer. No podemos exigir a nuestros alumnos que lean cuando nosotros no leemos. No podemos exigirles responsabilidad cuando nosotros no somos responsables de nuestro trabajo. No podemos exigir a nuestros alumnos que estudien y trabajen día a día cuando somos unos vagos y nosotros no lo hacemos y así podríamos añadir un largo etcétera.

Lo he argumentado infinidad de veces en otras reflexiones y me gustaría decirlo una vez más, creo que desde las aulas de magisterio se debería derivar a, seguramente más de la mitad de las personas que en ellas estamos, a otras carreras, hacia otras profesiones, no podemos consentir que perfectos vagos, irresponsables e iletrados acaben la carrera y se digan maestros al igual que otras personas responsables, trabajadoras y cultas. Primeramente considero que “manchan” la preciosa profesión que es ser maestro, el espejo donde los más pequeños se miran y, en segundo lugar y más importante, causan un enorme daño a muchos niños que pasarán por sus aulas. En la profesión de maestro creo que las actitudes son muy importantes y, precisamente éstas pueden cambiarse, así que animo desde aquí a todas las personas que estudian, desean estudiar o son ya maestros a reflexionar sí, las cosas que exigirán o ya exigen a sus alumnos ellos las llevan a cabo, si lo hacen, estupendo; si no todavía están a tiempo de cambiar sus actitudes o de profesión. No obstante, no quisiera caer en la hipocresía y decir una cosa en una reflexión y la contraria en otras. Yo opino que en el maestro hay una gran carga de habilidades o destrezas innatas, no todo el mundo “vale” para ser maestro, al igual que no todo el mundo “vale” para pintar, esculpir, componer, diseñar puentes… pero sí que es cierto que, hay personas que poseen estas habilidades innatas y las “echan por tierra” con actitudes deplorables y, otras, que no poseen quizá estas habilidades de un modo brillante pero sus actitudes palian las posibles carencias que pudiesen existir.

Volviendo al texto tras mis discursos apasionados sobre la profesión del maestro, me parece de vital importancia no comenzar en la escuela “la casa por el tejado”, que en la canción de Fito puede quedar estupendo pero en educación puede dar lugar a un completo desastre. Me explico, no podemos poner a los niños a leer en voz alta pretendiendo con ello que comprendan y asimilen mejor el contenido del texto porque, de este modo, les estamos dificultando la tarea. Primero debemos trabajar, como expone Tonucci (a mi corto entender con mucho acierto), una lectura comprensiva para sí, en silencio para, cuando nuestros alumnos sepan leer bien, pasar a leer en voz alta en clase, o ante niños más pequeños. Es importante, por otra parte, ensayar correctamente esa lectura en voz alta, prepararla correctamente pues, en este caso, no debemos utilizar el ensayo error, es muy importante que los niños cuando lean en voz alta lo hagan bien porque eso les dará confianza y querrán leer más y más en voz alta. En cambio, una mala experiencia en este sentido les marcará y presentarán rechazo hacia la lectura y, en especial la lectura en voz alta. Considero que aquí es imprescindible y el momento  pertinente de demostrar el buen hacer del maestro. En ocasiones como ésta es donde éste no puede fallar tampoco, debe demostrar que es un profesional de la educación y no un aficionado. Este rasgo de nuestra formación creo que debemos grabarlo “a fuego” en nuestra mente, nosotros no somos aficionados de la educación, no estamos en Magisterio porque “nos gustan los niños”, expresión tan cursi y desgastada que casi provoca arcadas. Esto es algo accesorio, lo verdaderamente importante es que te guste la educación, que ames educar y enseñar, por supuesto que ese amor lo sientas también por tus alumnos y sepas mostrárselo. Pero somos profesionales del tema, debemos saber bien lo que hacemos y lo que debemos hacer en cada momento. Por tanto, si la lectura en voz alta debe prepararse correctamente, dedicando más tiempo del estipulado y realizando actividades extraordinarias se hace, y se lleva a cabo correctamente porque somos profesionales. Y si los niños no deben cometer errores, se prepara esa lectura el tiempo que sea necesario y de la manera que sea necesaria para que, cuando llegue el día de leer el fragmento de “marras” que llevamos preparando un mes, el alumno en cuestión no se equivoque y sea una experiencia buena y satisfactoria de lectura, de modo que adquiera gusto por ella y quiera volver a llevar a cabo más actividades del estilo.
            
Otro aspecto del texto que me ha hecho reflexionar es el alejamiento de la realidad al que sometemos a nuestros alumnos con los libros que mandamos leer en el aula. Creo que, al tiempo que acercamos la lectura a los niños como algo satisfactorio y placentero también debemos hacerles ver que no todas las lecturas van a ser tan placenteras, que no siempre va a gustarles la lectura en cuestión. Si bien es cierto que creo que esto debe llevarse a cabo en tercer ciclo de Primaria. No podemos caer en “asustar” o prevenir a nuestros alumnos de primer y segundo ciclo con aspectos que les son ajenos y en un momento en el que, lo que leen, es lo que deben leer y no podemos hacerles leer libros arduos o de mayor extensión. Pienso que la escuela no puede ser ajena al mundo, no puede ser una burbuja, no puede aislar a los niños de la realidad pero tampoco podemos dejar que nuestros alumnos se den de bruces con lecturas incómodas, largas y pesadas. En este paso debemos también acompañarlos. Una de las principales labores de los maestros es acompañar a los alumnos, no dejarlos solos en el descubrimiento del mundo y de la realidad. Por tanto, en este descubrir que los libros no son siempre divertidos y entretenidos también tiene una enorme importancia la labor del maestro y, tiene el deber de actuar, como he expuesto anteriormente, como profesional de la educación, no como aficionado.
            
En el fragmento se expone que sería extraño entrar en el vestíbulo de una estación y encontrar a treinta adultos leyendo el mismo libro y, aproximadamente por la misma página, pues esto mismo sucede con las escuelas y no nos parece extraño. Al leer esta parte estuve inmediatamente de acuerdo con la paradoja que exponía Tonucci pero, al mismo tiempo, me asaltó una pregunta que, poco después, sería respondida por el autor no con excesivo éxito, ¿cómo acabar con esa situación? Esta pregunta se repite continuamente en mi cabeza pero no consigo encontrar respuestas que me convenzan completamente, no solo con el tema de la lectura sino con muchos otros aspectos que se trabajan de forma desastrosa en Primaria, siendo muchos de estos relacionados con el área de “Lengua y literatura”. Tampoco me convence la solución que propone nuestro autor. Éste expone que los maestros podríamos ir con nuestros alumnos a una librería y allí cada niño que seleccione el libro que más le guste, de este modo, ellos leerán los libros que deseen, los que realmente le interesen y les guste. La solución es tan brillante y positiva como utópica e idealista. Me gustaría encontrar soluciones a temas como éste que, de verdad, pudiesen llevarse a cabo en el aula. Quizá esto pudiera llevarse a cabo en el aula, si logras sobrevivir a los ataques de colegas, dirección, padres… creo sinceramente que es imprescindible, para ser maestro hoy en día, ser un hombre o mujer valiente.

También me asalta muchas veces la pregunta de cómo llevar a cabo en el aula los diferentes ritmos de aprendizaje, cómo poder trabajar correctamente adaptándonos al ritmo de cada alumno si estamos nosotros solos para aulas de veinticinco o incluso treinta alumnos. Pienso que, sobre el papel, todo es perfecto y me ilusiona muchísimo pero, al llegar a la cruda realidad, creo que no es tan fácil y me agobia no saber cómo llevar a cabo estas cosas que veo tan importantes para llevar a cabo un proceso de enseñanza-aprendizaje coherente con lo que me han enseñado. La verdad que no me gustaría, movido por las adversidades o la falta de apoyo, ser un maestro cutre, solo preocupado por los alumnos que destacan y van bien, que lleva a cabo en el aula lo que resulta más fácil y es menos costoso. Sinceramente creo que no voy a ser así porque quiero ser fiel a lo que me han enseñado y a mis propias convicciones, quiero ser un maestro trabajador, original, dinámico y con desparpajo.
            
Una actividad que me ha parecido tremendamente interesante y sencilla para llevar a cabo en el aula es la que propone nuestro autor para Educación Infantil. Consiste en que los alumnos de infantil, que aún no saben leer ni escribir, inventen una historia y se la narren al maestro, éste la copia, la imprime y se la entrega. Cuando el niño llega a casa se la entrega a sus padres y éstos se la leen, de modo que el niño puede descubrir “el milagro de la lectura”, que no es otro que descubrir que sus padres, descifrando una serie de signos que hay escritos en el papel pueden repetir, palabra por palabra, lo que el niño expuso en el colegio. De esta forma, los alumnos podrán, desde bien pequeñitos, descubrir la utilidad de la lectura. Esto es básico, debemos hacer que nuestros alumnos descubran la utilidad de las cosas que aprenden en el colegio y, en el caso de la lectura, esa utilidad es manifiesta, es básica. Saber leer es imprescindible. Pero ese descubrimiento no puede llevarse a cabo cuando los alumnos tienen doce o trece años sino cuando tienen tres, cuatro o incluso antes pues, como también se expone en el fragmento, escuchar lecturas de otras personas es muy importante en el desarrollo del interés por la misma.

Lamentablemente hemos ido perdiendo la bonita costumbre de contar cuentos a los hijos, la televisión en gran medida, ha acabado con una práctica que ayudaba al desarrollo del interés por la lectura, al desarrollo de la capacidad de imaginación y de la realizar imágenes mentales de los elementos que escucha y esto “lastra” en gran medida el desarrollo de los más pequeños. Si bien es cierto que la televisión produce una serie de estímulos y favorece el desarrollo y la mejora de una serie de habilidades y destrezas en los niños en cuanto a la capacidad viso-espacial, pero aniquila la imaginación ya que es una actividad pasiva mentalmente hablando. El cerebro no debe hacer ninguna composición ni esfuerzo por imaginar lo que aparece en la pantalla, precisamente porque aparece en ella. Al niño, de esta forma, se le está dando todo hecho.

En relación con la práctica de leer cuentos a los niños debemos añadir  que el niño establece una relación con la persona que le está leyendo la historia que, difícilmente, puede darse en otro contexto. Esto es otro aspecto que no deberíamos dejar de lado. La televisión ha provocado que exista menos comunicación en las familias, no es raro sentarnos a comer y poner la televisión, de modo que no se dice una palabra en toda la comida. Lo mismo sucede por la noche o en el caso de la lectura con los niños. Con esto no quiero decir que debamos acabar con las televisiones en España, ni muchísimo menos, pues es un medio de comunicación positivo y muy útil pero sí que opino que no debemos ser esclavos de la televisión, hay momentos para todo, para leer y ver la televisión, no es necesario elegir entre una cosa u otra, simplemente basta con repartir el tiempo de un modo adecuado.
            
El último tema al que quiero hacer alusión, a modo de conclusión, es la importancia del libro. Nos hemos acostumbrado a regalar a los niños juguetes absurdos e inútiles, que no sirven ni para jugar, que los niños desprecian ya no días después de haberlos recibido, sino a las pocas horas. Por qué razón los adultos no regalaremos libros a los niños, un libro es la mejor manera de jugar, de fomentar la imaginación, con esto no digo que hagamos de los niños “gafapastas”, seres extraños pegados a libros todo el día. Niños sentados en el sillón como si fueran abuelos a la luz de la lámpara leyendo día y noche. Los niños tienen que jugar, si el barrio o pueblo lo permite deben jugar en la calle, es bueno y desgraciadamente se está perdiendo. Estamos creando una sociedad de individualistas, de personas encerradas en sus casas y, dentro de éstas, en sí mismas, se están perdiendo las relaciones sociales de los niños (y adultos también) en los parques, en la calle, jugar con otros niños a cualquier cosa. A los niños los compramos con juguetes cutres, para que jueguen solos, juguetes feos, que muchos de ellos mueven a la violencia y que, de mal hechos y absurdos, dan ganas de tirarlos directamente lejos de los niños.

Sinceramente, espero que se produzca un cambio en la sociedad que, en algunas cosas, en las cosas de la gente sencilla, de la gente de la calle, volvamos la cabeza y aprendamos de nuestros mayores, de esas personas que con tan poca cosa eran tan felices, espero que algún día los niños puedan apreciar el valor que tiene un libro, poder jugar en la calle, no el valor material sino el valor afectivo o como cada uno quiera llamarlo, afortunadamente hay muchísimas cosas que no pueden comprarse con dinero. Una de ellas es que haya en tu vida un maestro que te muestre la belleza de un libro y despierte en ti el entusiasmo e interés por la lectura.

1 comentario:

  1. Estupenda entrada. Me gusta mucho como escribes. Creo que no solo serás un buen maestro. Deberías dedicarte también a escribir artículos en revistas educativas y, tal vez cuando te avale la experiencia, a la formación continua del profesorado.

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